La madre, la hija y el espíritu santo
Mi madre no tenía amigas. No le conocí ninguna en el tiempo que compartimos. Ninguna era más que un nombre perdido en los recuerdos de su juventud. Había aprendido, quizás de la peor de las formas, que tres hermanas llenaban el cupo de mujeres en su vida. Pero luego, tuvo una hija mujer, a la que le siguieron dos varones. Y esa hija no tuvo hermanas, pero sí amigas. No sé si fue consciente, pero me enseñó a desconfiar de las nenas con las que yo compartía el recreo. Me advertía que tenga cuidado, de ellas, de todas. En algunos casos tuvo razón, en otros no. Lástima que no me enseñó a tener cuidado de mí. Y para colmo, se le vino a ocurrir morirse. ¿Con quién hablo, mamá, de lo que se siente estar sola si en nadie puedo confiar? ¿Quién podría entender lo que es imaginar despedidas todo el tiempo? Siempre que pasábamos por una iglesia, mi mamá se persignaba. Me había enseñado a hacerlo: con la mano derecha, el pulgar apoyado sobre la parte lateral del dedo índice. Tocars...