Las listas
Dejó sobre la mesa un paquete de papel madera con innumerables manchas de aceite. El olor, en ese momento, le provocó nauseas pero sabía que peor sería aguantar el hambre hasta las seis de la tarde. Estaba teniendo un día pesado y difícil, y sabía que después del almuerzo la tarde iba a pasar más rápido. Él sacó de la bolsa un sánguche de milanesa gigante. –Mide lo mismo que tu cabeza- le dijo, y ella contestó al chiste con una sonrisa sin ganas. Pensó que podría levantar el sánguche con las dos manos, aplastando las hojas de lechuga y las fetas de jamón que sobresalían por los costados, para ponerlo justo delante de su cara y así comprobar que tenían el mismo tamaño. Solía divagar en pensamientos como ese y a veces hasta los compartía cuando no tenía ganas de una conversación regular. Pero ese día ni siquiera quiso mencionarlo.
Masticaba sin ganas y miraba el celular, no había nada interesante para ver, nada de qué charlar, y le parecía mejor así.
-¿Qué
te pasa?- le preguntó el padre, y ella pudo verse reflejada en los ojos que la
miraban fijo, como siempre, examinándola, buscando eso que seguramente no saldría de su boca.
No aguanto un segundo más
en este lugar, pensó decirle. –Nada, estoy cansada-, le dijo. Y mientras comenzaba a
enumerar mentalmente la cantidad de cosas que podría estar haciendo en lugar de
estar ahí. Cuando terminó, empezó a redactar otra lista invisible con todas las
cosas que había estado haciendo mal de un tiempo a esta parte. Después de esa,
probablemente empezaría a pensar posibles escapes que se terminarían desvaneciendo
en el aire con el sonido de la alarma que avisaba que quedaban cinco minutos
para terminar el almuerzo. Esa era otra actividad que le resultaba aliviadora:
cuando ya no podía respirar, confeccionaba listas en su imaginación: qué
comprar, qué leer, qué películas mirar, y de a poco el oxígeno empezaba a
abrirse paso entre los pulmones, que ella imaginaba como repletos de un humo
negro y espeso que constantemente estaba a punto de matarla. Incluso si las
cosas para recontar eran negativas (errores del pasado, cosas que no dijo,
fracasos), el efecto era el mismo. Había logrado convertir el infierno del
repaso constante de las cosas en un lugar seguro.
Y
desde la profundidad de una llamada telefónica, casi como venido de ultratumba,
alcanzó a escuchar una única frase que actuó como un pedazo de escarcha
metiéndose entre el cuerpo de su padre, que se levantó de golpe y abandonó el
comedor, dejándola sola, mientras su cabeza no paraba de reproducir la voz del
teléfono: Está muerto.
Se llevó las manos a la cara y olió el aceite de la comida impregnado en la piel. Está muerto. En el baño, abrió la llave del agua y la dejó correr mientras manoseaba el jabón violeta que estaba casi blanco de tantas grietas. Está muerto. Se miró en el espejo. Está muerto. Pensó en lo que tenía que hacer esa tarde y enumeró:
*colgar la ropa
*comprar comida para los gatos
Está muerto
*hacer las compras
*limpiar
el baño
Está
muerto.
No había lugar para las listas. Juntó los restos de basura de la mesa y volvió a olfatearse las manos, el olor del jabón de lavanda viejo, mezclado con la fritura la devolvió a la realidad. Está muerto.
Regresó
a la computadora. Nadie hablaba, todos lo sabían. El silencio que deja la
muerte cuando pasa cerca es ensordecedor.
Comentarios
Publicar un comentario