Yo me acuerdo

 "El doctor dijo que la próxima podría ser la última quimio". La voz de mi padre sonaba esperanzada y gris. Mi mamá la miraba y le dedicaba una sonrisa débil desde la silla del patio. Un rayo de sol pasaba entre la medianera del vecino, atravesaba el paraíso que no era nuestro, pero  nos daba sombra durante el verano, y se estrellaba contra la cara de mi madre, que por entonces había perdido carne y color. La piel se había ido pegando de a poco a los huesos del rostro, que de por sí siempre había sido flaco, y  el color se había convertido a pálido indescifrable, con tonos amarillos y verdosos, producto de la bilis que inundaba todos los rincones de su  cuerpo y de los mil medicamentos que ahora eran un componente adicional en la sangre.
Las pecas tostadas seguían donde siempre habían estado, adornando sutilmente los pómulos prominentes, y los dientes se asomaban, cansados pero convencidos, cada vez que sonreía con la boca grande y los labios de una proporción envidiable. El pelo seguía siendo lacio y grueso y, aunque los mechones iban cayendo  por la casa, como si fuese un puñado de alambre, aún era hermoso. 

Su ropa de mujer joven, de mujer sana, llevaba meses guardada en el lado izquierdo del ropero, donde me gustaba ir a espiar y revolver cuando no estaba en casa, y los pijamas, de los que ya nunca se despegaba, tenían manchas amarillas que no salían con el mejor producto  ni con el más esmerado friegue de mi abuela, que por entonces se encargaba de los asuntos de la casa. Esas manchas, aunque yo no lo sabía, eran marcas de una guerra que mi mamá estaba perdiendo.  

Mi papá, por su lado, había adelgazado doce kilos. Luego de cada internación la ropa le quedaba cada vez más holgada, quizás un talle más grande. Nada quedaba del vientre duro y prominente que siempre había llevado con él y que era para mí un recuerdo, en el que veía mi cuerpo de niña pequeña intentando rodearlo con los brazos. Sus ojos, cuyo color yo nunca había podido identificar y al que me gustaba pensar como cambiante con el sol, ahora estaban siempre opacos, mientras se hundían de a poco en un rostro cada vez más cortajeados por las arrugas y la tristeza. Él no estaba enfermo, pero sus manos, prendidas con fuerza a las de mi madre, ya estaban marcadas por la misma derrota. 

Yo no los veía casi nunca. Mi padre pasaba por casa de vez en cuando.Traía siempre una golosina que compraba en el  kiosco del hospital. Me daba un abrazo, que era más un apretón que me dejaba sin aire, se bañaba rápido y volvía a irse, evadiendo todas las preguntas que eran muchas al principio, y  muy pocas hacia el final.


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