Cruce de vía

 "Gracias por preguntar. Estoy bien. Sí, tanto está pasando en el mundo. Espero que vos también te estés cuidando". Adjunté una foto del gato y un posdata: "Pancho también está bien, más gordo".
Envié el mail y apagué la computadora. Quienquiera que hubiese podido leer el mensaje jamás hubiera imaginado que había existido entre la destinataria y yo un vínculo que la mayoría de las personas considera eterno e irremplazable, pero que para mí, fue sencillamente mi forma de llegar al mundo, el principio: mi madre como vehículo para comenzar a convertirme en el ser humano que el mundo pretendía que sea. El motivo de que hoy  yo tenga un alquiler que pagar los días diez de cada mes y  un trabajo que no me gusta. 

Mi manera de comprender esta realidad fue siempre reprochada por cuanto amigo, conocido, compañero de trabajo o hijo del vecino que conociera. Quizás no se trataba de retos, pero sí de sermones, intentos por hacerme reflexionar acerca de mi relación, o mi no relación, mejor dicho, con mi madre. Reflexión que, por otro lado, ya había hecho una y mil veces.

Pero lo cierto es que estos comentarios no causaban efecto alguno en mi consciencia. Puede ser, quizás al comienzo de mi juventud, que me haya sentido fatigado a causa de los consejos que no pedía pero que llegaban de todas partes como una lluvia de piedras contra mí, pero aprendí con el tiempo a contar lo justo y necesario acerca de la historia familiar. Sin embargo, la lección más importante había sido dejar de esperar comprensión de parte de los demás: que el vínculo con mi progenitora estaba dañado desde la raíz, que había nacido roto como si hubiese sido un problema al momento del parto, y que no por eso sentía yo resentimiento, nostalgia o dolor alguno por algo que nunca había tenido, parecía no encajar en el rompecabezas que la gente tiene de cómo deben funcionar los lazos familiares.

Sin embargo, me dejaba tranquilo saber que el paso del tiempo me haría las cosas más sencillas: algún día mi madre moriría y esa sola respuesta alcanzaría para cualquiera. Nadie se atreve a cuestionar a un huérfano el tipo de relación que llevó con su difunta madre. 
Por supuesto, también cabía pensar que ella me sobreviviera a mí y entonces ya no habría a quién hacerle preguntas. Las formas que hallara mi mamá, acerca de cómo explicar que su hijo ya no existía no eran asunto mío por la simple razón de que estando todavía vivo, tampoco me importa. Tanto está pasando en el  mundo que opto por evitar las cuestiones que no puedo resolver, y aunque eso genere en los demás una imagen fría y apática de mi persona, me permite vivir y con eso es suficiente. 

Mientras iba y venía a través de estos asuntos que, en definitiva, no me conducían a ninguna parte, un amigo me escribió para vernos. "Tomamos un café? Necesito hablar.", acusaba en el mensaje. Su padre peleaba, desde hacía un tiempo bastante largo, contra un cáncer que lo tenía postrado en la camilla de la Sanatorio Urquiza. La vida de mi amigo se había visto reducida a una silla anclada estratégicamente a dicha camilla, a efectos de socorrer de forma inmediata al viejo si lo precisaba. La silla también estaba cerca de la puerta que daba a un pasillo con poca luz y por donde pasaban seguidas y poco amistosas corrientes de aire frío. Por ese pasillo mi amigo podía salir corriendo en búsqueda de una enfermera si la cosa empeoraba de un momento al otro. 

Yo no era ajeno al sufrimiento de mi amigo. La importancia que tenían en mi vida mis propios lazos familiares no me volvía insensible al dolor de los demás. Sin embargo, me costaba más de lo que hubiese deseado, entender la incapacidad de resignación ante un hecho tan inevitable como la muerte. Quiero decir, no desde la idea cristiana de la muerte, sino como un suceso natural, tan azaroso como el nacimiento mismo. Pero, por supuesto, estas ideas me las guardaba para mí. Me apenaba ver sufrir a mi amigo, pero creía que era una cuestión de tiempo, como el asunto de mi madre. 

Me preparé para salir a la calle. En el camino paré  a comprar cigarrillos y caminé hasta la estación de Quilmes. En el cruce de vías, dos señores muy mayores aguardaban mientras la barrea descendía lentamente, anunciando la llegada del tren. Los tenía muy cerca: al tren y a los dos amigos, que parecían mirar el mismo punto fijo en el piso. De pronto, uno de ellos, el más petizo y panzón, levantó el mentón y señalando las vías con la cabeza, le dijo al otro:

-Che y si...
-No, yo todavía no estoy-, le respondió. 

El tren siguió su camino y yo me alejé de ellos. Los perdí entre el tumulto de gente que  quería cruzar al otro lado. Caminé hasta el una pizzería que quedaba de paso entre la estación y el sanatorio. No había mucha gente a esa hora. Pedí un café en el mostrador y me senté junto a la ventana a ver la nada, la calle, el día, la gente. La tarde se prestaba para eso. 


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