Cinco minutos

 

Llegó y se sentó en la cabecera de la mesa. Dejé la puerta  abierta y  lo seguí. Prendí un cigarrillo y él agarró el teléfono. Agarré el mío. Dejó el suyo. Odiaba que hiciera eso porque me resultaba el gesto de displicencia más asqueroso de todos. No sabía para qué había venido hasta mi casa. Probablemente, porque yo se lo pedí. Él tampoco sabía para qué me había dado el gusto, quizás pensaba que era un detalle atento al final de todo. Yo solo quería que venga porque verlo me recordaba que tenía que extirparlo de raíz y no servía que esté lejos y adornado por los recuerdos y la ternura.

Mi parte favorita del amor que nos tuvimos fue ese tiempo en el que sentí que el mundo seguía siendo un lugar horrible pero estaba lejos y no me podía alcanzar. No faltó mucho tiempo para que el mundo y sus horrores se colaran entre nosotros. Más  temprano que tarde nos habíamos dado cuenta que no podíamos tapar el sol con un dedo y  que todas las frases cliché del universo no alcanzaban para explicar la sensación de desarraigo que estábamos por empezar a sentir.

No hubo mucho para decir. De hecho, creo que no dijimos nada. Levanté la cabeza y él hizo lo mismo. Nos  miramos a los ojos con furia y resignación, con la mirada del que sabe la verdad: que no nos íbamos a volver a ver. No valía la pena mentirnos, habíamos dejado en el tiempo todas las esperanzas de que algo cambiase.

Se levantó y fue hasta la puerta, esta vez no lo seguí. Le dí la última pitada al cigarrillo antes de que se consumiera. Y escuché el ruido de la puerta, cerrándose despacio.

Comentarios

  1. Está genial! Me encantó, son relatos que generan muchas emociones, algunas mas cercanas que otras.

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