El ruego
El día que a Luis le confirmaron su enfermedad yo estaba pensando en otra cosa. Esperaba el colectivo y el frío me cortaba la cara. Tenía los labios secos y un pucho me colgaba de la boca. No lo había prendido todavía cuando sonó el celular. “Parece que sí”, me dijo la voz de Luis, y en esas tres palabras no pude encontrar ninguna emoción. Ni miedo, ni angustia, ni nada. Quizás porque hacía tiempo no encontraba nada en Luis. “Estoy yendo”, le dije y colgó. Prendí el cigarrillo y le di una pitada sin darme cuenta que había estado tanto tiempo apoyado en mi labio que para cuando lo saqué, se había pegado, arrancando un pedazo de piel en el tirón. Probablemente las enfermedades respiratorias y la insistencia de tus familiares sean las peores consecuencia del consumo de tabaco, pero el dolor del labio no estaba tan lejos.
Poco tiempo después supimos que se tenía
que internar. “Para llevar el control de manera más cómoda, sin que tengas que
ir y venir”, le dijo un médico, pero nosotros sabíamos que era mentira, Luis ya
no se iba a ir del hospital. Aunque yo seguía pensando en muchas cosas, asumí
rápido la idea de ocuparme de sus cuidados mientras esté en una sala común.
Hacía tiempo que éramos nuestra propia familia. No contábamos con otros parientes y habíamos dejado atrás a los que ,alguna vez, habíamos llamado ‘amigos’.
Estábamos bien así, al menos yo, yo pensaba en otras cosas.
Lo que me costó bastante fue dejar la
casa. Durante la primera etapa de nuestra relación, la casa había sabido darnos
el resguardo que necesitábamos. Luego vino todo lo demás, y la casa era parte
de nosotros: primero, con la ternura y el desborde de dos que se aman. Después,
una grieta en el piso había ido
separando la casa dejándole una parte a Luis, que vaya a saber dios qué hacía
con ella, y otra parte a mí, que la mantenía en un orden ficticio mientras, bueno, pensaba
en otras cosas.
Cuando Luis se internó yo mudé casi toda
mi vida al hospital. Fue de a poco. Primero llevaba mis ovillos de lana en una
bolsa de tela, para ocupar la mente y el tiempo. Pero yo no era Penélope y Luis no era boludo. No
podía destejer lo que estaba por terminar.
Más tarde fui dejando libros por los
rincones de la habitación. Empezaba alguno con una ilusión que perdía antes de
llegar a la mitad, y entonces ese quedaba apoyado en la mesa, en el sillón o en
los cajones de la mesita de luz, y arrancaba otro, que iba a correr la misma
suerte.
La ropa no me la llevé. No hacía falta
porque ahí nadie me veía, solo Luis, igual que en casa. Pero sí llevé una
almohada que había viajado conmigo desde mi infancia, sobreviviendo cada mudanza, hasta que Luis y
yo decidimos vivir juntos. Estaba vieja y despedazada pero era cómoda y la elegí como cabezal para la silla que yo
ocupaba, al lado de la camilla.
Conocí enfermeras mucho más jóvenes que yo,
que recién comenzaban y amaban su trabajo, o al menos lo ejercían con vocación, y entraban a la habitación, comprensivas
y alegres, sonriendo como si fuera que no tenían que tocar un cuerpo enfermo o
pinchar un brazo hasta encontrar una vena.
Algunas veces yo las miraba y me compadecía, hasta me mostraba
agradecida. Otras veces detestaba ese exceso de falsa amabilidad, sobre todo cuando sentía que eran ellas las que se compadecían de mí.
Los médicos, en cambio, no necesitaban
fingir. Mientras pudieron, hablaban con Luis del estado de su enfermedad,
mientras yo fijaba la vista en mi tejido, en un libro, o en la ventana. Sabía
que hablaban con él mirándome a mí, pero años atrás Luis no hubiera permitido semejante impertinencia y, además, yo no estaba dispuesta a ceder más de la cuenta.
Un día él ya no pudo hablar con los médicos y entonces la cuenta desapareció.
Comencé a recibir los partes y a asentir, a responder lo que
sabía y preguntar lo que creía que tenía que preguntar. Parada, distanciada de la silla, vi las manchas
que Luis tenía en los brazos. Después noté el color y la textura que había
adquirido su piel, atravesada por cientos de arrugas en lugares donde yo no
recordaba haberlas visto. Estaba tan frío que podía sentirlo aunque no lo
tocara.
Luego noté sus ojos. Recuerdo que
cuando comencé a recibir los partes, aunque él no pudiera contestar, seguía con
la mirada mi charla con los médicos, como si se tratara de un partido de ping
pong, o como si fuese yo la que le prohibiera hablar. Pero un día, simplemente, no lo hizo más. Sus ojos no acompañaron ningún
diálogo, como si hubiese tenido que elegir entre eso
y pestañear.
Cuando aparecía una señal nueva los
médicos decían que era propio de la enfermedad, que estaba siguiendo
su curso, y que ellos me avisarían si apareciese algo fuera de lo normal. Entendí que, en el estado en el que se encontraba mi marido, “algo fuera de lo normal” significaba una mejoría.
Una tarde el médico clínico entró a la
habitación y yo opté por no pararme. Él esperó un momento y luego procedió a
darme el parte. Yo lo seguía con la mirada, asentía, pero no respondí. Cuando salió,
miré a Luis, que no me veía, y me toqué
la cara. Mi piel me recordó a la de un reptil que había acariciado una vez, en el zoológico: estaba
fría y, podría decir, escamosa. Supe que
algo había cambiado, pero dejé de pensaren eso más rápido de lo que deseaba.
La tarde de la tormenta la recuerdo
porque un joven enfermero apareció en nuestra habitación con una silla de ruedas. Me preguntó si me
gustaría cambiar mi silla por esa y yo,
como él esperaba, no le respondí. Tras unos movimientos forzosos yo tenía silla nueva, la piel manchada y el
habla anulada. El enfermero se fue prometiendo traerme una camilla en cuanto
alguna del tercer piso se desocupara. “¿Para qué? Yo no la necesito”, pensé,
deseando con todas mis fuerzas que no fuera demasiado tarde, pero, realmente,
yo no lo sabía y ya no había manera de preguntar.
Días después ya no podía moverme, ni
mover los ojos y los pensamientos se enredaban en una maraña de ideas que no
podía separar. Dos médicos y un enfermero entraron una mañana y nos miraron,
primero a Luis, después a mí. Aunque no los escuchaba bien, entendí que
esperaban una respuesta, una que ciertamente yo no iba a darles. Sabiendo que
no se irían hasta que algo sucediera, cerré los ojos e intenté nadar en mi propia
sangre, acariciando con las manos cada órgano, con la certeza de sentirme libre
dentro de mí misma. De pronto, lo escuché claro: una voz, mi voz, diciendo “déjame
ir, por favor”. Lo repetía, lo gritaba, lo deseaba, tanto como se desea lo que
parece nunca llegar.
De pronto el ruido del aparato que
marcaba el pulso de Luis emitió un sonido continuo y agudo. Luis ya no era lo
que yo había conocido. La espera había terminado.
El enfermero me rodeó, tomó mi silla de
ruedas por el mango y me condujo a la puerta de
la habitación. Como pude, miré a Luis por última vez, entregada por
completo. El enfermero me tocó el hombro y aceleró el paso por el pasillo,
mientras la brisa me acariciaba el pelo. En el patio del hospital, el sol me
dio de lleno en los ojos. Me toqué la piel de la cara con la mano, ahora estaba
cálida. Yo ya no pensaba en otra cosa.
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