La madre, la hija y el espíritu santo
Mi madre no tenía amigas. No le conocí ninguna en el tiempo que compartimos. Ninguna era más que un nombre perdido en los recuerdos de su juventud. Había aprendido, quizás de la peor de las formas, que tres hermanas llenaban el cupo de mujeres en su vida. Pero luego, tuvo una hija mujer, a la que le siguieron dos varones. Y esa hija no tuvo hermanas, pero sí amigas. No sé si fue consciente, pero me enseñó a desconfiar de las nenas con las que yo compartía el recreo. Me advertía que tenga cuidado, de ellas, de todas. En algunos casos tuvo razón, en otros no. Lástima que no me enseñó a tener cuidado de mí. Y para colmo, se le vino a ocurrir morirse. ¿Con quién hablo, mamá, de lo que se siente estar sola si en nadie puedo confiar? ¿Quién podría entender lo que es imaginar despedidas todo el tiempo?
Siempre que pasábamos por una iglesia, mi mamá se persignaba. Me había enseñado a hacerlo: con la mano derecha, el pulgar apoyado sobre la parte lateral del dedo índice. Tocarse la frente, el pecho, el hombro derecho, luego el izquierdo y, para terminar, un beso en la unión de los dedos que habían hecho la coreografía. Yo, igual que ella, lo repetía hasta el cansancio. Cabe mencionar que vivíamos a pocas cuadras de una iglesia y que jamás fuimos a misa, ni a orar, ni a pedir, ni a ayudar. Ahora casi no lo recuerdo. Tuve que hacerlo para poder escribirlo porque no recordaba cómo era persignarse. Lo dejé de hacer cuando tuve la edad para buscar en internet qué significaba y entonces comprendí que mi mamá no me había heredado ningún ritual.
Pero la soledad es otro tipo de hambre y, a veces, puede comerte más rápido que el cáncer. Ahí estaba la herencia.
El regreso de mi madre siempre fue un pensamiento recurrente. Un deseo, una esperanza, un miedo. El día que enterramos su cuerpo tenía la sensación de que, de pronto, abriría la puerta y nadie preguntaría cómo, ni porqué. Iba a tener sentido, porque lo que no tenía sentido era que ella se hubiese muerto. Pero hoy pienso que, quizás, lo mejor fue que no haya vuelto, si eso implica reconocer en mí sus peores huellas. Porque encontrarme con ella significa mirarme al espejo y preguntarme, preguntarle, preguntarnos: ¿qué es esa fascinación por la tristeza que tanto nos subyuga?
Una noche la ví, a ella, mi mamá, en un sueño: estaba más allá de todo y cargaba un peso amenazante, como una nube próxima a romper en mil gotas de lluvia. La ví más hermosa que nunca, ahora que la muerte le brillaba en los ojos. Me acerqué y le dije que me perdone, pero me había separado de Dios para siempre. Ella, lejaba como estaba, me miró y me dijo: "hiciste bien".
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